En De
animales a dioses Yuval Noah Harari traza una breve historia de la humanidad,
desde los primeros humanos que caminaron sobre la Tierra hasta los radicales y a
veces devastadores avances de las tres grandes revoluciones que nuestra especie
ha protagonizado: la revolución cognitiva marcó el inicio de la historia hace
unos 70.000 años. La revolución agrícola la aceleró hace unos 12.000 años. La
revolución científica, que se puso en marcha hace solo 500 años, bien pudiera
poner fin a la historia.
Hace
100.000 años al menos seis especies de humanos habitaban la Tierra. Hoy solo
queda una, la
nuestra:
Homo sapiens. ¿Cómo logró nuestra especie imponerse en la lucha por la
existencia?
¿Cuál
fue el secreto del éxito de los sapiens? ¿Cómo conseguimos establecernos tan
rápidamente en tantos hábitats tan distantes y ecológicamente tan diferentes? La respuesta más probable es lo mismo que
hace posible el debate: Homo sapiens conquistó el mundo gracias, por
encima de todo, a sus capacidades cognitivas (aprendizaje, memoria, comunicación)
y lenguaje único (de la capacidad de la mente humana de imaginar cosas que no
existen realmente).
La
mayoría de los investigadores creen que estos logros sin precedentes fueron el
producto de una revolución en las capacidades cognitivas de los sapiens. La aparición de nuevas maneras de pensar y
comunicarse, hace entre 70.000 y 30.000 años, constituye la revolución cognitiva.
¿Qué la causó? No estamos seguros.
¿Qué
es lo que tenía de tan especial el nuevo lenguaje de los sapiens que nos
permitió conquistar el mundo? La teoría plantea que nuestro lenguaje único
evolucionó como un medio de compartir información, no sobre el mundo sino sobre
nosotros mismos, o sea, el “chismorreo”, información que se debe obtener y
almacenar con el fin de seguir las relaciones siempre cambiantes de unas pocas
decenas de individuos.
Pero
la característica realmente única de nuestro lenguaje no es la capacidad de transmitir
información sobre la realidad Más bien es la capacidad de transmitir
información acerca de cosas que no existen en absoluto. Hasta donde sabemos,
solo los sapiens pueden hablar acerca de tipos enteros de entidades que nunca
han visto, ni tocado ni olido. Leyendas, mitos, dioses y religiones aparecieron
por primera vez con la revolución cognitiva.
Esta
capacidad de hablar sobre ficciones es la característica más singular del
lenguaje de los sapiens. Pero ¿por qué
es eso importante? Después de todo, la ficción puede ser peligrosamente
engañosa o perturbadora. Pero la ficción
nos ha permitido no solo imaginar cosas, sino hacerlo colectivamente.
Dichos mitos confirieron a los sapiens la capacidad sin precedentes de cooperar
flexiblemente en gran número.
Los
sapiens pueden cooperar de maneras extremadamente flexibles con un número
incontable de extraños. Esta es la razón por la que los sapiens dominan el mundo
y no otros animales o especies homo. Como consecuencia de la revolución cognitiva,
el chismorreo ayudó a Homo sapiens a formar bandas mayores y más estables.
Pero incluso el chismorreo tiene sus límites.
La
investigación sociológica ha demostrado que el máximo tamaño «natural» de un
grupo unido
por el chismorreo es de unos 150 individuos. La mayoría de las personas no
pueden conocer íntimamente a más de 150 seres humanos, ni chismorrear efectivamente
con ellos. ¿Cómo
consiguió Homo sapiens cruzar este umbral crítico, y acabar fundando
ciudades que contenían decenas de miles de habitantes e imperios que gobernaban
a cientos de millones de personas? El secreto fue seguramente la aparición de
la ficción.
Un
gran número de extraños pueden cooperar con éxito si creen en mitos comunes. Cualquier
cooperación humana a gran escala (ya sea un Estado moderno, una iglesia
medieval, una ciudad antigua o una tribu arcaica) está establecida sobre mitos
comunes que solo existen en la imaginación colectiva de la gente.
Y,
no obstante, ninguna de estas cosas existe fuera de los relatos que la gente se
inventa y se cuentan unos a otros. Lo
que no conseguimos apreciar es que nuestras instituciones modernas funcionan
exactamente sobre la misma base.
Contar
relatos efectivos no es fácil. La dificultad no estriba en contarlos, sino en
convencer a todos y cada uno para que se los crean. Gran parte de la historia
gira alrededor de esta cuestión: ¿cómo convence uno a millones de personas para
que crean determinadas historias? Pero
cuando esto tiene éxito, confiere un poder inmenso a los sapiens, porque permite
a millones de extraños cooperar y trabajar hacia objetivos comunes. Piense el
lector lo difícil que habría sido crear estados, o iglesias, o sistemas legales
si solo pudiéramos hablar de cosas que realmente existen, como los ríos,
árboles y leones.
Así,
desde la revolución cognitiva, los
sapiens han vivido en una realidad dual. Por un lado, la realidad objetiva de
la naturaleza; y por el otro, la realidad imaginada de la sociedad, las naciones y las corporaciones. A medida que
pasaba el tiempo, la realidad imaginada se hizo cada vez más poderosa, de modo
que en la actualidad la supervivencia de lo natural depende de la gracia de entidades imaginadas
tales como dioses, naciones y corporaciones.
La
capacidad de crear una realidad imaginada a partir de palabras permitió que un
gran número de extraños cooperaran de manera efectiva. Pero también hizo algo
más. Puesto que la cooperación humana a gran escala se basa en mitos, la manera
en que la gente puede cooperar puede ser alterada si se cambian los mitos
contando narraciones diferentes. En las circunstancias apropiadas, los mitos
pueden cambiar rápidamente.
En consecuencia,
desde la revolución cognitiva Homo sapiens ha podido revisar rápidamente
su comportamiento de acuerdo con las necesidades cambiantes. Esto abrió una vía
rápida de evolución cultural, que evitaba los embotellamientos de tránsito de
la evolución genética. Acelerando a lo largo de esta vía rápida, Homo
sapiens pronto dejó atrás a todas las demás especies humanas y animales en
su capacidad de cooperar.
El Homo sapiens conquistó el mundo gracias, por encima de todo, a sus capacidades cognitivas (aprendizaje, memoria, comunicación) y lenguaje único (de la capacidad de la mente humana de imaginar cosas que no existen realmente). La teoría plantea que nuestro lenguaje único evolucionó como un medio de compartir información, no sobre el mundo sino sobre nosotros mismos, o sea, el “chismorreo”, pero, más bien es la capacidad de transmitir información acerca de cosas que no existen en absoluto. Hasta donde sabemos, solo los sapiens pueden hablar acerca de tipos enteros de entidades que nunca han visto, ni tocado ni olido. Leyendas, mitos, dioses y religiones aparecieron por primera vez con la revolución cognitiva.
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